Posteado por: aleph | abril 25, 2011

CAPÍTULO 9

–          ¿Qué me habías preguntado? Ah ya, qué si sé dónde está papá.

Erik se había sentado con ellos, uniéndose sin pedir permiso a la conversación. Alphonse se sentía un poco inseguro en aquello terreno, pero por suerte contaba con algo a su favor. Intentó olvidarse de aquella persona y prestar tan solo atención a su hermana. La chica estaba acurrucada en el pecho de aquel hombre ataviado de uniforme, mientras él le pasaba la mano por el hombro.

–          A veces me llama. Pero muy pocas. Siempre lo hace desde un número de cabina o desconocido. No sé dónde vive, ni nada. Y siempre me pregunta lo mismo. Me pregunta que qué tal estoy, que si sigo teniendo dinero y no tengo problemas y que si he vuelto a saber de ti. Siempre le respondo lo mismo, pero esta vez cambiará una respuesta.

–          No – El tono de Alphonse era bastante duro, y asustó a su hermana. Estaba cabreado – No le digas que he estado en tu casa. Es más, no le digas que me has visto. Para él sigo desaparecido. Pero debes hacerme un favor – Alphonse se colocó en una posición más cómoda, y su hermana, al ver que era importante se colocó derecha – Debes hacer que venga a casa. Di que venga a visitarte o algo. Tengo que hablar con él cara a cara, y si le dices que estoy aquí no va a venir.

–          Cómo no va a venir Alphons…

–          No, no va a venir. Hazme ese favor Lucy. Ya sé que no soy quién para pedirte favores después de quince años. Pero por favor. Te estaré muy agradecido.

Lucy miró a Erik, el cual le devolvió una mirada de ignorancia al no saber de que iba el tema.

–          Bueno, lo intentaré. Pero no sé cuándo llamará.

–          Espero que en este medio año lo haga.

Un incómodo silencio atravesó la habitación. Alphonse estaba un poco enojado. Hablar de Alexandre hacía que su sangre hirviera. Quizás había sido por su vida dura, pero creía que parte de culpa de la muerte de su madre era por su padre.

Agachó la cabeza, dubitativo. Notó como Erik, el novio de su hermana, le miraba. No quiso levantar la cabeza y devolvérsela, por lo que se mantuvo en esa posición durante varios minutos. Estaba cansado y le dolía la cabeza.

–          ¿Y cómo es que no has venido por aquí en tanto tiempo, Alph..? – Erik no recordaba su nombre

–          Alphonse – Terminó su cuñado – Han pasado muchas cosas que me han impedido no venir – Observó su placa y se mostró sorprendido, disimulando haberla visto antes – Veo que eres policía ¿De qué departamento eres?

–          De la Comisión de captura y detención de sujetos no éticos – Le dijo con cierto orgullo

–          Es decir, que cazas Rattzel – Terció Alphonse con cierta dejadez y estupor.

Erik se sintió molesto con aquel comentario. Alphonse lo estaba sintiendo. Pero el policía consiguió mantener la compostura y disimular el malestar que tenía con el hermano de la persona que quería. Alphonse le observaba  con mirada desafiante. Lucy también cruzó miradas con su hermano, una mirada de molestia. Pero ella le entendía.

Alphonse se había dado cuenta de que no debía ser tan poco cauteloso, e intentó llevar la conversación por buen camino.

–          Me gusta la policía – Le comentó a su cuñado – Me da pena no poder entrar en ella.

–          ¿Por qué no puedes? – Le preguntó con curiosidad

–          Bueno, tuve algunos problemas con la ley, podríamos decir.

Aunque sabía que su hermana lo pasaba mal se divertía haciendo esto. Erik volvió a desviar la mirada, sin saber como contestar a aquella respuesta. Quizás era una provocación o una advertencia de que tuviera cuidado. Pero Alphonse no se quedó para escuchar lo que tuviera que decir. Miró la hora en su reloj y se colocó el pelo con cuidado.

–          Ya es tarde, hermana. Tengo que irme.

–          Vale Alphonse. Pero antes toma mi número. No quiero volver a perder el contacto contigo

–          No te preocupes, volveré a verte. Estaré aquí durante un tiempo

–          Puedes venirte aquí  a dormir si quieres ¿Dónde estás hospedado?

Alphonse miró a Erik tras esa pregunta.

–          No puedo contestarte eso, Lucy. Ya hablaremos y te contaré bastantes cosas – Se acercó a ella y le besó la frente. Acto seguido miró a Erik – Cuídala. Adiós

Salió de la casa. Estaba lloviendo. El día había empeorado bastante desde que había amanecido.

–          Por cierto – Recordó a su hermana en alto – Localiza a Alexandre.

Anuncios
Posteado por: aleph | abril 21, 2011

CAPÍTULO 8

–          Pasa a la casa, hace frío ahí fuera

Las palabras sonaban huecas en aquel momento. Ninguno de los dos sabía que decir después de tanto tiempo. La chica se encontraba sorprendida al verle. No le había abrazado. No le había dado un beso en la mejilla en señal de saludo. Ni siquiera se preguntaba que hacía de nuevo él en su vida.

Alphonse tampoco supo que decir. Tan solo le observó con cierto cariño, un cariño que no supo mostrar. La mujer prefirió abrir la puerta cuanto antes e invitarle a pasar, huyendo de las miradas curiosas de todos los que estaban alrededor.

Ya dentro se respiraba un aire muy incómodo. Alphonse continuaba con las manos en los bolsillos, en la misma posición que en el exterior, observando cada movimiento de la mujer.

La chica, en cambio, se sentó. Con un leve gesto también le invitó a sentarse a él. Se quitó la gabardina con agilidad y la dejó colocada en el apoyabrazos del sillón, sentándose justo enfrente de ella.

–          ¿Qué haces aquí? – Le preguntó la chica sin preliminar ninguno

Alphonse se sorprendió. Era raro en él mostrar alguna señal de ánimo, pero quizá con ella no tenía que tener esa fachada.

–          Vengo por asuntos de trabajo y decidí pasarme por aquí.

–          Llevas sin pasarte por aquí diez años, Alphonse.

Alphonse suspiró, mirando por la ventana. Era incapaz de mirar a aquella mujer a la cara.

–          Lo siento – Fue lo único que dijo – De verdad. Tenía mis dificultades para venir aquí. Perdóname

La mujer sonrió. Aunque era una sonrisa triste. Alphonse, dejando atrás toda su frialdad se acercó a ella. Quería recibir un abrazo, y sabía que su propia hermana no iba a negárselo.

Y así fue. Se fundieron en un fuerte abrazo durante varios segundos. Luego Alphonse se sentó a su lado, trayendo de nuevo los sentimientos humanos de los que se quería despojar.

–          Y dime Lucy – Su voz sonaba mucho más relajada – ¿Qué ha sido de todo durante estos diez años?

–          No sabría que decirte. Llevo trabajando desde los dieciséis, por suerte ahora tengo pareja y papá me dejó esta casa para mí. ¿Y tú?

–          ¿Alexandre ha muerto? – Alphonse cortó la conversación con aspereza y sin pensarlo siquiera dos veces

Lucy se quedó callada durante unos segundos. Tan solo le observaba con cierta tristeza. Negó con la cabeza.

–          No, Alphonse, papá no ha muerto. Pero te has perdido mucho. Cuanto a ti te metieron en… – Titubeó unos segundos, mirando a su hermano, que entendió aquella palabra tabú sin mostrar dolor alguno – bueno, pues al cumplir 18 años yo me hizo sentarme aquí mismo y me dijo que se marchaba. Me dejó todos los ahorros de la casa y claro está la casa también. Dijo que debía buscar la respuesta que le faltaba. No entendí eso. Pero he pasado años bastante malos hasta que he conseguido tener un trabajo estable y una vida normal. Ha sido muy difícil.

–          Ambos lo hemos tenido difícil, la verdad – Confesó Alphonse – Yo, por suerte, recibí ayuda desinteresada de un gran amigo. Si él no me la hubiera prestado, no sé dónde estaría ahora.

Su hermana le sonrió con cariño. Aunque llevaban años sin verse la conexión de sangre les unía. La última vez que vio a su hermana fue cuando ella tenía trece años y él dieciséis. No sabía ni cómo se habían reconocido.

Pero fue al grano. Si había ido allí era por una intención, aparte de ver de nuevo a su hermana. No era un tema que le gustara, pero debía hacerlo.

–          Y Lucy, una pregunta… ¿Sabes dónde puede estar Alexandre?

Nunca se refería a él por su nombre. La historia con su padre había sido muy dura. Desde el día que murió su madre, y por las circunstancias en las que ocurrieron siempre le había echado a él las culpas. Nunca había tenido amor paterno desde que su madre desapareció de las vidas. Su padre se había vuelto un ser despreciable y ruin con él, y por eso nunca se había merecido el papel de padre. Pero necesitaba contactar con él. Necesitaba arreglar unas dudas que le habían comido la cabeza desde hace años. Necesitaba encontrar el eslabón perdido de su vida, y sabía perfectamente que se encontraba en su padre.

Alguien llamó a la puerta. Lucy iba a contestarle cuando tuvo que levantarse a abrir. Un hombre fornido y de una edad similar a él estaba en la puerta. Iba vestido con el uniforme de policía. Alphonse, por sus experiencias pasadas y por su actual condición tuvo miedo, pero intentó relajarse.

–          Ven, Alphonse, te presento. Este es Erik, es la pareja del que te hablé. Erik, este es mi hermano, Alphonse.

–          Nunca he sabido de él – Dijo extrañado el hombre – Encantado de conocerte

Alphonse sonrió, estrechándole la mano. Pero era una sonrisa sádica. Sentía el miedo correr por sus venas. El miedo que él había sentido antes.

Posteado por: aleph | marzo 28, 2011

CAPÍTULO 7

Vuelvo a disculparme. No ando con tiempo para actualizar a menudo, pero en Semana Santa lo haré.

Pasaban los días en aquel nido de gente revoloteando sin relajación alguna. La labor de información y recopilación de datos era intensa en aquellos momentos. Ninguno de ellos salía, no por miedo, sino por evitar aquellos fuertes dolores de cabeza que les provocaban las masas de gente, acostumbrados a un entorno relajado. Alphonse era el único que, diariamente, salía de aquella habitación hotelera y trataba los asuntos exteriores.

Sus amigos no apoyaban eso. Al decidir ir a Lyreo habían decidido muchas cosas, aquello era un contrato no escrito, pero con unas ideas claras, y una de ellas era salir lo menos posible, evitar que alguien pudiera descubrirles en aquel lugar.

–          No sé a qué estás jugando, Alphonse – Le dijo Edward un día a solas.

Edward se conservaba muy bien. Rozaba ya los treinta años, aunque se mantenía en forma y cuidaba su cuerpo diariamente, dándole una importancia que muchos no veían. Ya era por la tarde, y de nuevo Alphonse se disponía a salir. Edward consiguió avasallarle en su habitación antes de que pusiera un pie fuera de ella, empujándole hacia dentro y cerrando la puerta. Alphonse no solía tener miedo a nada, aunque Edward le infundía un respeto que era incapaz de entender. Consiguió sostenerle la mirada mientras su compañero se pasaba los dedos por las arrugas de la frente, intentando relajarse.

–          Mira Alphonse… – Su tono se tornó más pacífico, pero la actitud de Alphonse continuaba siendo defensiva – Tú sabes bien las consecuencias de actuar a lo loco en una ciudad como esta. Lo has vivido más cerca que cualquiera de los que están en esta habitación del hotel. Y aún así te arriesgas a pasearte como si no fuera a pasar nada.

Hubo un silencio entre ellos. Alphonse, mientras Edward le hablaba, tuvo que agachar la cabeza. Sentía cierto arrepentimiento, pero fue un sentimiento tan vano que desapareció en pocos segundos.

–          Serán unos días más – Dijo Alphonse, en modo de petición – Tan solo te pido una semana. Y ya luego cuidaré mis salidas.

Pero Edward carraspeó, acercándose a la puerta y abriéndola, quedándose en el umbral. No tomaba en serio a su amigo.

–          A veces pienso que no has venido aquí precisamente para cargarte a Ulric. Pero tan solo te digo que dejes de comerte la cabeza en ese tema, Alphonse. Ha pasado mucho tiempo, no te mereces ese maltrato

Su amigo cerró la puerta detrás de él, inundándose la habitación de un vacío y un silencio que Alphonse era incapaz de aguantar. Su amigo había abierto brechas que era mejor no tocar ni de lejos.

Sin tener en cuenta las palabras de Edward cogió su gabardina y se dispuso a salir. Apenas se despidió de sus amigos con un gesto, evitando la mirada de decepción de Edward. Al salir de la habitación sintió que respiraba otro aire, un aire fresco, lejos de toda molestia. Se colocó las gafas de sol y tornando un rostro serio y apático se dispuso a salir del hotel.

Su ruta era diariamente la misma. Si alguien le siguiera, lo tendría muy fácil. No había día que la recepcionista no agachase la cabeza a su paso, disimulando estar emergida en un trabajo inexistente. Llamó a un taxi, con el dinero preparado en la mano, y con la misma indicación que siempre: El Palacio de Conferencias.

Mientras se dirigía a él siempre atardecía. Contemplaba, sin desprenderse de sus gafas de sol, como la noche apresaba los techos de la ciudad.

Tras dejarle en ese enclave de aquel barrio, un barrio en auge, andaba por sus calles. Pero siempre terminaba en la misma. Terminaba apoyado en una esquina de una casa vieja de ladrillos, en la parte más antigua de aquel barrio, contemplando una casa con rejillas en las ventanas, con una puerta blanca y antigua, y como una chica entraba, diariamente y a aquella hora, en ella.

No podía evitar sonreír cuando la veía. Aquella chica había formado parte de su vida desde que un mal percance se la arrebató. Tanto a ella como a toda su anterior vida.

Aunque estaba a escasos metros de ella era incapaz de acercarse. Sus piernas se negaban rotundamente a moverse hasta que la mujer no hubiera entrado a la casa y hubiera cerrado. Algún día llamarían a la policía, culpándole de violador o de algo parecido. Pero tenía que decirle algo.

Y aquel día aprovechó. Armándose de valor metió sus manos en los bolsillos, y con la cabeza agachada y semicubierta por la gabardina se acercó más a la casa, mientras la chica, sin preocupación alguna, se acercaba a su casa, buscando las llaves en su bolsillo. Llevaba una bolsa en la otra mano, aunque, al ver a Alphonse, no pudo evitar que se precipitase contra el suelo. No hizo falta que Alphonse dijera nada. La chica le observó, extrañada:

–          ¿Alphonse?

Posteado por: aleph | marzo 19, 2011

CAPITULO 6

Como ya dije en el otro blog (elaleph) tuve que ausentarme un mes por temas de estudios y otros diferentes. Gracias a todos los que continuaron o conocieron este blog.

Llevaban allí ya varios días. No solían salir mucho al exterior. A ninguno de ellos les gustaba el tumulto de la gente las voces que abarrotaban sus cabezas, esquivar a cada uno que se cruza en tu camino…

Por lo que preferían investigar desde la habitación del hotel. Era un trabajo muy duro, y sobre todo aburrido, pero debían hacerlo si no querían estar en peligro, y sobre todo, si querían que todo saliera bien.

Alphonse tenía su portátil en las piernas. Sentía el calor del disco duro en sus gemelos, una sensación cómoda durante un tiempo. Tecleaba y buscaba información sobre el lugar donde Christopher daría su discurso. Quería tenerlo localizado en todo momento antes de que fuera Ulric quién lo hiciera.

No pudo reprimir el sentimiento que le abatió cuando vio la dirección del lugar de la cita de Christopher. Edward, que era el único que estaba en aquel momento por aquella habitación lo vio, pero no dijo nada. Ninguno de los cuatro solía meterse en las demás vidas si no iban ellos mismos a contarlas.

Apretó los puños, intentando contener un torrente de recuerdos que le harían pasar mal. Pero no continuó mirando el portátil. Con un ligero golpe le cerró, sin siquiera apagarle, y se rascó la frente lentamente, intentando relajarse. Era hora punta, y aunque era muy peligroso salir en aquel momento del hotel debía hacerlo.

Colocó el portátil en la mesilla y se puso la chaqueta del traje negro que llevaba. Era uno de los rasgos significativos de Alphonse, siempre tenía que ir elegante.

Se despidió de Edward con indicaciones banas de a donde se dirigía y cerró la puerta detrás suyo. Por suerte el pasillo estaba vacío, al igual que el ascensor. Cuando estaba dentro de aquella caja se miró en el espejo, intentando compararse con un hombre normal y corriente, ya que él no se consideraba como tal. Y de nuevo su subconsciente le jugó una mala pasada. De nuevo le agarró ese sentimiento que había arrastrado desde hacía años, desde que cumplió los 16 años. Aquellos malditos 16 años.

Miedo no era el sentimiento. No, él no tenía miedo después de todo. Tampoco era pena. No sentía lástima por sí mismo, agradecía lo que tenía. Era otro sentimiento, mucho más complejo que cualquiera que pudiera imaginar.

Decepción. Sí, aquella era la palabra que realmente definía el reflejo que le devolvía el espejo de sí mismo. Arrepentimiento, desagrado, decepción…

Víctima de aquellos sentimientos se colocó las gafas de sol, a sabiendas de por qué lo hacía. Sus ojos podían delatarle en una ciudad tan grande.

Una oleada de ruido le aplacó el cerebro. No estaba acostumbrado a escuchar tantas voces juntas, y no pudo definir aquello como molestia, sino como algo más superior. Saludó con una sonrisa ligera, aunque autoritaria, a la encargada de la recepción y salió a la calle. Allí el ruido era peor. Todo era peor: el aire, el gentío, las calles… Era imprudente salir a aquella hora, por el movimiento de gente. Si Ulric se enteraba de que ellos estaban allí, las cuatro personas que iban en su contra, no dudaría en ir a por ellos. Pero él conocía al enemigo perfectamente. Y aquello era un punto a su favor.

Llamó a un taxi que, gracias a su buena vestimenta, no dudó en parar en él. Alphonse se sentó rápidamente detrás, cerrando la puerta y aislándose de aquel ruido aterrador que le hacía sentir que su cabeza explotaba. El taxista, un hombre de color, le saludó y le pidió la dirección. Alphonse se la indicó mientras se rascaba la cabeza y se apretaba las sienes, intentando relajarse.

El taxi fue moviéndose durante minutos por aquel entresijo de carreteras y avenidas que poblaban Lyreo. Pero en pocos minutos empezó a salir del centro, y la cabeza de Alphonse se relajó. Observaba el paisaje mientras el taxista escuchaba las indicaciones por la radio que él no llegaba a entender. Las casas disminuían de altura y se volvían de dos pisos, unifamiliares, con la ropa colgada en las ventanas y un pequeño jardín sucio e inutilizable tapado con un muro de ladrillo feo. Visto desde una perspectiva aquello era la peor zona de Lyreo, la zona de los trabajadores de a pie, de aquellos que no tenían el suficiente dinero como para poder comprarse un piso en la ciudad. Luego otra parte eran aquellas casas compradas por personas que preferían cien veces vivir fuera y relajados que vivir en el agotador centro.

El taxi le paró en esta segunda urbanización. Justo donde le había indicado. Alphonse le dio los billetes en la mano y bajó del taxi sin despedirse. El sol le cegó, aún llevando las gafas. O quizás realmente no era el sol el que hacía sufrir sus ojos. Allí se erguía delante de él el palacio de conferencias donde estaría Christopher dentro de unos meses. Un edificio nuevo en aquella zona, con menos de quince años de antigüedad. Alphonse lo contemplaba desde el mismo sitio donde había bajado del taxi. Llevaba gafas de sol, pero sus ojos se tornaban llorosos debajo de ellas.


Posteado por: aleph | febrero 16, 2011

CAPITULO 5

–  Nunca he estado antes en ciudad Lyreo – Comentaba Christian, mientras observaba, conmocionado y presa de la magnificencia los edificios de su alrededor – Es grande. Me duele la cabeza.

A todos les dolía. Había salido del aeropuerto y esperaban en la puerta el coche privado que les iba a recoger. Había mucho tránsito en aquellas sucias y ennegrecidas aceras, personas que pasaban por su lado, con una historia que contar, indiferentes a las miradas ajenas. Alphonse apretó la mandíbula, intentando eliminar todo el dolor de su cabeza, pero apenas era incapaz. No le gustaban las ciudades grandes, pero no tenía otra.

Un lujoso coche negro aparcó delante de ellos, sin apenas provocar ruido. Era como, si entre todo el tumulto y jaleo urbano aquel coche estuviera insonorizado y recorriese la avenida sin apenas molestias. El choffer bajó y saludó a Edward, cruzando varias palabras con él mientras todos los demás subían sus respectivas maletas.

El interior del coche conseguía hacer de aislante en aquel tumulto de gente, relajando su cabeza hasta un punto necesario para no perder los nervios. Se deslizó los dedos por la cabeza, notando como cada pelo de su cabello se deslizaba por la palma de su mano.

Llegaron en poco tiempo al edificio donde se hospedarían. Era una especie de hotel con varios apartamentos en los pisos más altos, y era donde ellos iban a estar durante aquellos seis meses. Al salir del coche sintió la polución en el ambiente. Frunció la nariz instintivamente, mirando a su alrededor con simple indiferencia. Algunas personas dejaban de prestar atención a sus propios temas y miraban a aquellas cuatro personas. Decidió ponerse las gafas de sol, lo único que, en su interior, le hacía sentirse más seguro. Cogió su maleta y siguió a Edward, que era el que había planeado toda la llegada. Él tan solo se encargaría del plan para asesinar a Ulric. Y ya era suficiente.

La habitación constaba de un techo de gran altura, todo laminado con baldosas de color claro, un color canela con cierta suciedad a causa de la longevidad. Apenas carecía de mobiliario, tan solo los típicos asientos para esperar o los mostradores y ventanillas par atender a los nuevos clientes.

Edward deslizó la mano por el bolsillo de su chaqueta, sacando de él un sobre blanco sin inscripción alguna. Observando a la asistenta, le cedió el papel, donde ponía impreso los datos de su estancia. La mujer pidió a cada uno de ellos el documento de identidad. Fue pasando uno a uno, aunque, cuando observó los datos de Alphonse en la pantalla no pudo evitar echar una mirada indiscreta, aunque rápida. Alphonse sonrió por dentro, aunque no era una sonrisa de felicidad. No sabía que era. Sabía lo que pensaba esa mujer, aunque era normal que tuviera miedo de lo que pudiera haber visto ahí.

Sin titubear, y con la discreción de no mostrar más sentimientos respecto a Alphonse, les indicó el piso y el número del apartamento donde estaban asignados. Edward dedicó una sonrisa a la mujer, que agachó la mirada para seguir con su trabajo hasta que aquellos hombres se marcharon de su vista.

En el ascensor, rumbo a la habitación, sus amigos no pudieron impedir mirarle. Pero ellos ya sabían todo lo que tenían que saber. John levantó una de sus cejas, disimulada entre toda aquella mata de pelos, y ladeo la cabeza, con una pequeña sonrisa. Era fácil comprender a sus amigos.

Cuando llegaron a la habitación dejaron todas sus pertenencias en el pasillo enmoquetado de ésta, para echar un vistazo, antes que cualquier otra cosa, al apartamento. Era amplio, como Edward les había descrito. Tenía una cocina americana, con varios taburetes y una gran encimera, con diversos artilugios de cocina. Cerca de ella unos sillones dispuestos alrededor de una televisión de plasma ocupaban el resto de la habitación, para luego pasar a cada una de las habitaciones. Dos en total, con dos camas en cada una y con vistas al exterior. Una especie de ventanal cubría la pared que estaba enfrente de la puerta, por la que Christian se asomó a llegar, mirando curioso el suelo desde allí.

–   Estas vistas son bonitas – Comentaba en alto, sin perder detalle de lo que ocurría abajo – La gente está lejos y nosotros estaremos tranquilos.

John sonrió escuchando el acento de su amigo al hablar. Se sentó en uno de esos sillones, y después de pasar unos minutos de visita por todo el apartamento, los demás también lo hicieron. Pero Alphonse aún se mantenía de pie, mirándolos, con los brazos cruzados, esperando que todos estuvieran preparados.

–  Bien, ya estamos en Lyreo – Les comentó – Tenemos que ser cautelosos. Hay mucha gente, y pueden descubrir nuestro plan. Saldremos poco, y si lo hacemos, por favor, ser naturales

Titubeó un poco con aquellas últimas palabras, mordiéndose el labio inferior mientras miraba uno a uno a sus amigos, que le observaban expectantes, en posiciones relajadas y sin denotar sorpresa en sus rostros por las palabras que les decía.

– Mejor dicho, no seáis naturales. Todo lo contrario.

Posteado por: aleph | febrero 14, 2011

CAPITULO 4

–     Sigo pensando que esto es una barbaridad

Comentaba Edward. Ya estaban en el aeropuerto. Su amigo se encontraba apoyado en la repisa de información, sujetando su cabeza con la mano a la vez que golpeaba el billete en la mesa, intentando componer una canción.

Habían llegado demasiado pronto, por lo que tuvieron que esperar a que el avión aterrizase y podrían embarcar cuanto antes. Era lo bueno de ir en primera clase.

Le dolía bastante la cabeza. Querían haber ido a una hora poco transitada, pero por desgracia en ese aeropuerto había mucha actividad. La gente recorría los pasillos con cierto estrés, cargando maletines en sus manos o hablando por el móvil. Toda aquella actividad le volvían a él y a sus amigos locos.

Recorrió la yema de los dedos por su frente, acariciándola, intentando calmarse. Parecía que su cabeza iba a estallar, pero poco a poco esa presión fue desapareciendo, quedando en una molestia constante que no desaparecía, pero que tampoco dolía como anteriormente.

John se acercó a su lado. Tanto él como Christian estaban sentados en unos incómodos asientos viejos y sucios que el aeropuerto había puesto a disposición de todos aquellos que, como ellos, tenían que esperar.

–     No aguanto más ¿Cuanto va a tardar ese maldito vuelo? – Le comentó, en voz baja, aunque realmente quería gritar y desahogarse con él.

–     Pone que en cinco minutos llega. Debemos ir a la puerta seis, según pone ahí.

Aquella respuesta no le calmó, pero Alphonse no sabía que más decirle. Realmente aquello era estresante. Edward les miraba, un poco ausente, aburrido, pero no comentó nada. Él era mucho más tranquilo y paciente que el resto de sus amigos.

En cuanto el avión llegó y abrieron la puerta de embarque, entraron. Cogieron sus respectivos equipajes de mano y pasaron por la fila de primera clase, la cual estaba vacía, a ojos envidiosos de todos aquellos que debían esperar ahora la cola de embarque. Christian observó detalladamente a la chica que le había cogido el billete, y la sonrió. La chica no le vio, ya que estaba observando el ordenador y pasando el ticket por la maquina, pero le dio igual. Fue el último en embarcar de ellos, pero le estaban esperando en el pasillo que llevaba al avión. No hizo falta que ninguno de ellos preguntase la razón de aquella acción, ya que Christian, irradiando simpatía, lo dijo por él mismo.

–     Le parecí guapo – Les dijo, con una sonrisa jovial – Y elegante. Eso me gusta.

Alphonse mostró una ligera sonrisa, provocada por las palabras de su amigo. Penetraron en el pasillo del avión, aunque en pocos segundos llegaron a la primera clase. John cerró la cortina que les conectaba con el resto del avión. Una azafata les dio la bienvenida, pero se marchó enseguida. Por lo visto, eran los únicos que viajarían en primera fila.

El avión era muy pequeño, ya que eran viajes de tres horas, los cuales estaban activos el día completo, por lo que se les podía considerar los autobuses del cielo.

Se acomodó en uno de los sillones, al lado de Edwards, el cual sacó un libro y comenzó a leer. El dolor de cabeza ya había desaparecido por completo, inundándose de una comodidad muy gratificante.

Apenas cruzaron palabras entre ellos. Cada uno estaba a lo suyo, leyendo, ojeando las revistas del avión o mirando por la pequeña y ovalada ventana del avión.

Cuando el avión estaba en el aire, rumbo hacia Lyreo, Alphonse sacó su ordenador portátil de la funda. Se entretendría con eso las tres horas que duraba aquel viaje. Paseó por las páginas webs que tenía en favoritos y se ausentó del mundo que le rodeaba. Abrió en una pestaña un buscador, y recopiló información sobre Lyreo: Restaurantes, sitios de interés, comisarías, museos…

Hospitales…

Tecleó rápidamente el nombre de un hospital. No se acordaba exactamente del nombre, por lo que tuvo que probar suerte varias veces. Sus dedos repiqueteaban por el teclado, y sentía en su palma una cierta quemazón por el calor del portátil.

Pero fue incapaz de encontrarlo antes de que el portátil se suspendiera por falta de batería. Frunció el ceño, un poco cabreado por aquella interrupción, pero se calmó, cerrando con cuidado el portátil y guardándolo en su funda. Al volver a acomodarse observó que Edward le miraba, asomando la nariz y los ojos por encima del libro que leía, y observándole con curiosidad. Alphonse levantó la ceja, confundido, esperando que su amigo hablara.  Pero no lo hizo.

 

Posteado por: aleph | febrero 12, 2011

CAPITULO 3

Edward se levantó, echándose las manos a la cabeza, aunque su rostro albergaba una mueca de ligera burla. Los demás también estaban conmocionados, aunque Alphonse continuaba serio, mirando a cada uno de sus amigos.

–   Estás loco Alphonse. No podemos hacer eso. Nos pondríamos en peligro

–    Pero sería la mejor oportunidad para acabar con él – Comentó Alphonse – Le pillaríamos desprevenido. Él iría a por Chistopher, y no pensaría en que hay alguien que intenta acabar con él. Pensar que no lo digo por gusto, sino por nuestro bien. Y por el de todos los rattzel.

Hubo un silencio entre ellos, bastante incómodo. Se miraron. Querían decirse algo, o incluso llegar a un acuerdo visual, pero no lo consiguieron. Alphonse cruzó los brazos, esperando que sus amigos dijeran lo que él quería escuchar.

Pasaron varios minutos, pero lo consiguió. John suspiró, con los codos apoyados en los gemelos, en una postura relajada.

–      Bien, iremos – Concluyó por parte de los demás – Pero no quiero jugarme el cuello todo el rato, así que espero que tengas un plan bien definido, Alphonse.

No cambió la expresión, pero una sonrisa brotó en su interior. Luchar contra Ulric era, en parte, el propósito de su vida desde que conocía las atrocidades que hacía ese hombre, e iría a por él con sus amigos o sin ellos. Pero tenerlos al lado era algo mucho mejor.

No hubo nada más que hablar. Edward, el cual poseía parte de una reciente pero muy productiva cadena de diseño costeó el viaje. Irían en primera clase, en el primer avión que salía de las islas a la capital en la península, a Lyreo.

El resto del día pasó demasiado rápido para él. Era todo muy precipitado, y lo sabía, pero no se acordaba de cómo era Lyreo. La última vez que estuvo era demasiado joven, y las cosas habrían cambiado.

Frunció el ceño al recordar todo su pasado, e intentó relajar su mente, la cual estaba pidiendo a gritos traerle los recuerdos que no quería. Christian le interrumpió, llamando a la puerta de su habitación. Alphonse se lo agradeció. Gracias a él toda la sublevación mental quedó reducida a nada.

Su amigo se sentó en su cama, y Alphonse le miró. Espero a que dijera algo, pero el chico no lo dijo, tan solo le mantenía la mirada, esperando que él fuera quién empezase a hablar. Pero soportaba perfectamente aquella presión, y el silencio que se había formado, tan vacío, hizo que su compañero hablase, y le dijera el propósito de por qué había venido a su habitación. A veces se trababa, ya que él no era de aquel país, pero controlaba mucho mejor el idioma desde que se había mudado con ellos hacía dos años.

–      ¿Tienes un plan para derrotar a Ulric? – Le preguntó, observándole.

Cerró los ojos, pensativo. Claro que lo tenía. No iba a ir a enfrentarse a él, a un asesino inexplicable, con las manos vacías.

–      Estos años que compartí contigo – Siguió diciéndole Christian – Me he dado cuenta de que tienes obsesión por Ulric. Y no sé por qué. Ninguno sabemos por qué.

–     Bueno, es un asesino…

–     Hay muchos asesinos fuera – Su lenguaje era muy concreto, aunque aquel tono del norte le daba cierto respeto – Y tú solo vas a por Ulric.

–     Es más peligroso.

–     Es imposible hablar contigo.

Su amigo se levantó y abandonó la habitación, diciendo en voz alta una serie de insultos en su idioma natal. Alphonse se acercó a la puerta y la cerró con cuidado. Nadie tenía por qué saber la razón de su manía por Ulric. A lo largo de su vida se daba cuenta de que no podía confiar en nadie, y no por no conocerles, sino por la rapidez con la que alguien puede cambiar.

Se acercó a su cama, cerrando la maleta. Se hospedarían en Lyreo alrededor de seis meses, aunque allí harían las compras restantes.

Una alegría muy desbordante le inundó el cuerpo. No solía tenerla. Era una alegría que se descontrolaba de lo que él quería. Normalmente solía tener a raya los sentimientos, sentirlos de una forma débil, y sólo si él quería. Pero aquello se saltó todas sus normas. Y tan solo pudo pensar que, con suerte, de nuevo la vería.

 

Posteado por: aleph | febrero 11, 2011

CAPITULO 2

Islas Bagu. 2 de marzo del 2010

 

–          Alphonse, deja eso de una vez – Le inquirió su amigo – De verdad, me pones nervioso.

Alphonse paró de girar el bolígrafo entre sus dedos, mirando a su compañero Edward. Fue una mirada seria y penetrante, pero nada a lo que ya no estuviera acostumbrado.

Desvió la mirada de Edward y contempló el exterior por la ventana. Hacia buen tiempo. Con la salida del sol, muchos bañistas aprovechaban para disfrutar con sus amigos o familiares en la playa.

Tenía suerte de tener un chalet en aquella zona. Lo compartía con sus otros tres amigos, pero al ser tan grande no tenían problemas de espacio.

Alphonse era un joven de 25 años. De complexión normal, era bastante alto. Su pelo era castaño, y normalmente se le peinaba para atrás, con bastante gomina, como los niños buenos cuando van a misa. En su barbilla se mostraba una perilla rectangular y muy bien cuidada, el único signo de barba que tenía en toda la cara. Aunque lo que más llamaba la atención eran sus ojos, que contenían una belleza singular y a la vez ocultaban algo, quizás macabro, quizás bueno, pero era algo imposible de saber. Sus cejas eran alargadas y finas, mostrando un rostro severo, al igual que su expresión, relajada, aunque sin perder el tono de alguien importante.

Sus tres amigos eran idénticos a él. Tan solo cambiaban el color de los ojos y del pelo, al igual que la barba, pero en cuestión de rostros eran idénticos.

Al igual que en la personalidad. Quizás por eso planearon vivir todos juntos, aportar el dinero para aquella casa y para todo lo que conllevaba la misión que debían llevar a cabo.

Edward, un chico con el pelo negro y con más barba que Alphonse se levantó del sillón. Minutos antes leía el periódico tranquilamente, aunque esta vez miraba a la ventana. Alphonse le miró, curioso.

–          Ya están aquí los demás – Le informó Edward, sin perder la vista tras el cristal – Están aparcando.

Dos hombres entraron en apenas dos minutos después. Vestían de camisa, ligeras y remangadas hasta los codos. La verdad era que pecaban de ir bien arreglado.

–          Y bien ¿Qué ocurre? – Preguntó uno de ellos

Aquel era John, el único un poco diferente a los demás. El pelo le tenía largo y rubio, con algunos mechones cayendo por su rostro e incluso tapándole un ojo en variadas ocasiones. Su melena continuaba hasta justo encima de su nuca. Era imberbe, y tenía el mentón un poco más salido de lo normal. Su cuerpo era idéntico al de Alphonse, pero mucho más bajo, y sus ojos verdes, en los que residía el mismo misterio que en los de él.

Alphonse se acercó a ellos, que se habían acomodado en el sillón. El otro que faltaba por presentar era Christian, un joven alemán con el pelo rubio, con mechas negras o castañas, pero con el mismo tipo de peinado que Alphonse y que Edward.

–          Bien, tenía que deciros que he detectado a Ulric.

Aquello causó cierto revuelo entre sus tres compañeros, que se acomodaron mejor, se miraron o directamente le miraron a él, preguntando con frases cortas y con apenas sentido. Alphonse cerró los ojos, serio, esperando que le dejaran hablar. Cuando ya se callaron, pasado varios minutos, se dignó a seguir.

–          Dentro de unos días llegará a la ciudad de Lyreo Chistopher Paulosky. Es uno de los mayores empresarios de la ciudad de Serbia. Allí no tienen la misma legislativa que aquí, de matar a todos los rattzel, pero ese hombre no sabe donde se mete. Viene a un país donde sí que se le pueden cargar por esa condición.

“El problema radica en que apenas nadie sabe que es rattzel. Tan solo los que conocemos los síntomas, o las miradas, o los movimientos que hacen. Y por lo visto, el asesino Ulric no se perderá ese acontecimiento, e irá a cargársele él mismo cuando haga falta.

Dentro de seis meses hará una entrevista pública, hablando sobre sus inversiones financieras en distintos países y los métodos para conseguir hacerse tan rico y popular como él. Y me temo que nuestro amigo estará al acecho”

–          ¿Y que propones? – Le pregunto Christian, con un acento aún de su tierra natal

–          Acabar de una vez con él.

 

Posteado por: aleph | febrero 10, 2011

CAPITULO 1

Los rattzel eran difíciles de definir. Eran personas como todos nosotros, pero tenían una característica muy peculiar: Podían leer las mentes.

No era normal entre toda nuestra especie. El primer caso se conoció el 1985. Tras varias resonancias consiguieron ver que había algo extraño en ese niño pequeño. Unas ondas distintas a las de los demás humanos, que hacían que aquel bebé tuviera poderes que desconocían.

Pero no fue el primer caso. Aparecieron mucho a lo largo de los años. Primero se los hacía un seguimiento: Tenían que vigilarles. No sabían que podía causar ese tipo de trastornos. Al ver que aquello no ocasionaba ningún problema a la vida del joven, les dejaban, pensando que aquello sería un sentido más potenciado que otro.

Pero poco a poco los jóvenes se daban cuenta de lo que poseían. Primero era una gran incertidumbre, ya que podías escuchar voces a tu alrededor. Tenías miedo. No sabías que ocurría. Pero te dabas cuenta de lo que era. Aprendías a controlarlo. Y era un perfecto instrumento para conseguir muchas cosas en la vida.

 

A medida que pasaban los años, que aquellos jóvenes con esos trastornos se hacían adultos, poblaban los mejores puestos de todos los oficios. Eran grandes empresarios, abogados, y algunos utilizaban ese poder que pocos sabían para el bien.

Pero otros para el mal. Era fácil salir ileso de cualquier crimen si sabías las coartadas necesarias. Era fácil aprovecharse de situaciones ajenas para ganar dinero y especular.

 

Y la gente se dio cuenta de ello. Una mezcla de rabia y sobre todo envidia les invadió, propagándose un movimiento de eliminación de todos aquellos seres, a los cuales no consideraron personas y les apodaron Rattzel, nombre que venía de Nicolás Rattzel, primer multimillonario con aquellos poderes.

Pero algo con lo que no habían contado es que, desde aproximadamente diez años después (1995) habían nacido muchos como ellos. Era difícil localizarlos, sobre todo si eran pequeños.

 

Gracias (o por desgracia) del escepticismo de muchos dirigentes que temían que aquellas personas les quitasen el puesto, consiguieron contratar a un hombre, que se consideraba “Asesino de Rattzel” y que prometió que acabaría con los de aquella ciudad, la ciudad del Lyreo.

 

Aquel hombre, no de complexión fuerte, ni siquiera alto, se llamaba Ulric. Al principio era un joven que no causaba seriedad, que no era creíble. Pero vieron los resultados. Muchos rattzel que vivían como personas normales, que no llamaban la atención y que nadie hubiera sospechado sobre su estado era cogido y muerto por aquel personaje. No era delito hacerlo. No, después de la ley acta del 1989, donde se permitía acabar con la vida de un rattzel si se tenían pruebas de ello, ya fuera por indicios (lo que hacía que la gente se lo inventara para excusarse de alguna reyerta vecinal) o mediante sondas que lo probarían.

 

Pero la única intención era acabar con todos aquellos seres.

 

Categorías